Mi mano en la suya provocó inmediatamente un shock para ambos, una unión inacabable e inacabada, una electrocución ininterrumpida, un ansia por abrazarnos, por diluirnos el uno en el otro, una alquimia mágica y extraña, un impudor púdicamente infinito. Sus ojos miraron fijamente los míos y ya no dejarían de hacerlo. Estábamos solos en el mundo.

