jueves, 19 de marzo de 2015

Maldito blues

Caras Ionut




“¡Qué pena!”
Qué
pena
si este camino
fuera
de muchísimas
leguas
y siempre
se repitieran
los mismos pueblos,
la mismas ventas
los mismos rebaños,
las mismas recuas.

¡Qué
pena
si esta vida
tuviera
—esta vida
nuestra—
mil años
de existencia!

¿Quién la haría hasta el fin
llevadera?
¿Quién la soportaría toda
sin protesta?

¿Quién lee diez siglos en la Historia
y no la cierra
al ver las mismas cosas siempre
con distinta fecha?

Los mismos hombres,
las mismas guerras,
los mismos tiranos,
las mismas cadenas,
los mismos farsantes,
las mismas sectas
y los mismos,
los mismos poetas…

¡Qué
pena,
que
sea
así todo siempre,
siempre de la misma manera!




“Versos y oraciones del caminante” – XXXI – 1920-1929





















viernes, 6 de marzo de 2015

Luna lunera




Llegaste a este recodo del camino
Y te instalaste en la noche
De los hombres
Segura de tu luz regalada
De tu silencio
Y de la belleza de tus cambios
De rostro


Tu epidermis dibujada
Por el fuego de los dioses
Revela que el cosmos no es un lugar apacible


Por ello
Le escondes a los hombres
El enigma de tus ojos verdaderos
Y les muestras en tus siluetas de arena
El espectro del futuro




LUNA
Antonio Mora Vélez 



































domingo, 22 de febrero de 2015

Un vago secreto de ternura


La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje. 

Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante. 

Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
y en el alma tristeza de lo que no se sabe. 

La nostalgia terrible de una vida perdida,
el fatal sentimiento de haber nacido tarde,
o la ilusión inquieta de un mañana imposible
con la inquietud cercana del color de la carne. 

El amor se despierta en el gris de su ritmo,
nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre,
pero nuestro optimismo se convierte en tristeza
al contemplar las gotas muertas en los cristales. 

Y son las gotas: ojos de infinito que miran
al infinito blanco que les sirvió de madre. 

Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio
y le dejan divinas heridas de diamante.
Son poetas del agua que han visto y que meditan
lo que la muchedumbre de los ríos no sabe. 

¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos,
lluvia mansa y serena de esquila y luz suave,
lluvia buena y pacifica que eres la verdadera,
la que llorosa y triste sobre las cosas caes! 

¡Oh lluvia franciscana que llevas a tus gotas
almas de fuentes claras y humildes manantiales!
Cuando sobre los campos desciendes lentamente
las rosas de mi pecho con tus sonidos abres. 

El canto primitivo que dices al silencio
y la historia sonora que cuentas al ramaje
los comenta llorando mi corazón desierto
en un negro y profundo pentagrama sin clave. 

Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte. 

¡Oh lluvia silenciosa que los árboles aman
y eres sobre el piano dulzura emocionante;
das al alma las mismas nieblas y resonancias
que pones en el alma dormida del paisaje! 












TRES RETRATOS CON SOMBRAS (Canciones 1921-1924)
(Federico García Lorca)

DEBUSSY

Mi sombra va silenciosa 
por el agua de la acequia.

  Por mi sombra están las ranas 
privadas de las estrellas.

  La sombra manda a mi cuerpo 
reflejos de cosas quietas.

  Mi sombra va como inmenso 
cínife color violeta.

  Cien grillos quieren dorar 
la luz de la cañavera.

  Una luz nace en mi pecho, 
reflejado, de la acequia.






sábado, 17 de enero de 2015

Alvite
























Siempre pertenecerá al mundo halógeno de la noche, a esa raza encanallada que desayuna a las seis de la tarde y confunde el sol con las incandescentes bombillas que iluminan el tapete quemado del billar. Él sabía que, en el fondo, había más literatura en la máscara funeraria de Dillinger que en las obras completas de Flaubert. La biblioteca siempre le debió parecer un lugar apropiado para colocar el polvo que sobraba en el dormitorio. Un espacio más adecuado para arqueólogos con mascarilla que para el aliento agrio de los vivos. Su columnismo nunca nació de esa erudición artificial que saquea los diccionarios para escribir un artículo que no dice nada. Su escritura proviene del material invertebrado que es la madrugada, un territorio donde solamente tienen buena imagen los muchachos con mala fama. Ahí comprendió que hay amores que cuestan lo mismo que un taxi a París y que una vida virtuosa resulta tan aséptica como un pasaporte sin sellos. Las horas perdidas en los bares sin horario le inocularon un filosófico escepticismo, una lejanía sentimental que a veces nos recuerda qué es la nostalgia. En esos tiempos aprendió a cargar las palabras con pólvora, a convertirlas en balas certeras. Por ese motivo, sus frases resuenan en nuestras acomodadas conciencias como el eco de un disparo inoportuno. «A los quince años el sexo me parecía pecado; a los cuarenta, me parecía un deber; ahora, sinceramente, me parece caro».

José Luis Alvite creció en esa posguerra de provincias que asoló España. Una época donde los niños merendaban saliva y el mejor alimento para la inteligencia era el hambre. En su acta de nacimiento reza 1949, pero él intuyó enseguida que las fechas biográficas sólo debían servir para humanizar el frío de las lápidas. A una edad temprana, un médico sin talento quiso arreglarle la nariz fracturada y, sin darse cuenta, le dejó en la cara el rostro de otro tipo. Su madre no protestó. Él tampoco levantó la voz contra ese otro chico que le miraba desde el espejo con sus mismos ojos. Se conformaron con sacar un par de fotos nuevas para el libro de familia y admitir a ese extraño como un hermanastro imprevisto.

De aquella experiencia heredó un par de lecciones: que la personalidad proviene de las geometrías de lo diferente y un rechazo frontal hacia la correcta belleza de los quirófanos, la higiénica uniformidad que los cirujanos inyectan hoy en día en los pómulos de las chicas. Su infancia pasó en una época rica en olores y sensaciones que ahora nos parecerían perjudiciales para la salud; en un tiempo en que los adolescentes arrastraban en la frente las huellas genéticas de los antepasados y cada mujer guardaba como un secreto el delicado encanto de sus diferencias. Su aparente pesimismo provenía de una mirada realista de la vida, de esa forma cinematográfica de contemplar la existencia con las penumbras y oscuridades de un salón de jazz. Y quizá, también, de la imposibilidad humana de alcanzar algún día la felicidad.
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Cuando Hollywood levantó sus estudios en L.A. , Humphrey Bogart perdió a un gran guionista. Las columnas de Alvite siempre han poseído la descarnada autenticidad del género policiaco, el mágico resplandor que envuelven a las películas en blanco y negro. Sus textos están impregnados con la luz bicolor de los filmes de los cincuenta y al leerlos da la impresión de que los estuviera masticando delante de ti el mismo Edward G. Robinson. «A veces la libertad consiste en pintar de azul el patio de la cárcel». Uno lo descubrió cuando sólo era un becario sin profesión en las páginas de «Diario 16». En aquellos artículos, Alvite descubría a sus lectores que el fracaso muchas veces consistía en triunfar y que todos los sueños pierden su encanto cuando empiezas a acariciarlos con la yema de los dedos. El maestro, incluso se atrevió, en una serie de «entrevistas imaginarias», a sentarse delante de Adolf Hitler para demostrarnos a todos lo mismo que pensaba Bertolt Brecht: que ese tío sólo era un matón de tercera.

Nunca coincidimos en persona, pero sí hablamos por teléfono, y siempre quedábamos en tomar unas copas que nunca han llegado. A estas alturas, ya no se cree demasiado en nada, y mucho menos en un Dios rodeado por una corte de querubines asexuados. Probablemente la tumba no es más que otro callejón sin salida. Pero si existe un lugar más allá de esto espero que no sea azul y que se parezca más a El Savoy, un sitio donde el barman no se vea obligado a cerrar por orden municipal y las pistolas no sean más peligrosas que la sonrisa de una mujer. Un rincón donde reencontrarnos con Ernie Loquasto, Chester Newman, Lorraine Webster y Sony «Sweet» Sullivan, aquel púgil noqueado al que tuvieron que hacer una cesárea en los ojos después de un combate para que pudiera llorar su derrota. Una barra donde, al fin, se puedan levantar las copas para brindar por algo.


Javier Ors